dale luz al instante

16 Jul

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Dale luz al instante
Lleno mi diafragma de aire, luego los pulmones, luego lo exhalo. Es momento de salir y dar una parte del mundo a mi propia esencia. Ajusto la música y de nuevo el artaud . Mis oídos han perdido ya desde hace bastante tiempo el miedo a reventar por el sonido, cosa que hace que el caminar sea lo mas ligero, precioso y certero para inducirte a un trance. Imágenes vanas de películas y estar conciente que vas en el foco principal. Foco sin vanidad, el foco del alma. 

Arribo al moderno (convirtiéndose en viejo según el punto de vista de un estúpido sistema sin coherencia) edificio tecnológico que aún conserva la mas pura esencia en varias partes de su locación. Árboles infinitos, árboles sabios e iluminados esperan durante años la llegada de su paz creando una propia. Una preciosa y vacía calma que te regalan con solo sentirlos, con solo ser ellos por unos minutos. Es la rueda del dharma enseñando que todo es una sola cosa. Siempre están cerca de nosotros, los bhikkhus del viento, del verde puro. 

Me siento en el suelo, justo en la parte donde convergen dos grandes raíces de un ciprés extranjero traído hace mucho tiempo a esta especie de valle creado entre una calle y otra. Un espacio de alrededor de doscientos metros a cada lado y ancho para poder meditar y unirte en uno con el mundo. 

Intento alcanzar la posición medio loto y todo responde bien. Retiro mis tennis viejas y gastadas y apago mi cigarro. Conteo de respiraciones, patrones sin sermones. El viento empieza a cantarme como si en todo este tiempo me hubiera estado esperando. Mi mente empieza a carecer de pensamientos, dejo de ser aquel niño condenado por el mes de febrero. Perdonado por el viento, perdonado por su canto. Todo es sigiloso y sediento de paz. Algo suena a mi derecha y mi concentración rompe trayéndome de nuevo el dolor de la posición del equilibrio. Han pasado tan solo seis minutos.

Respiro y estiro mis pies, descalzos, desnudos. Vuelvo a los reinos del medio loto e inicio de nuevo. Conteo de respiraciones, en paz, certero. El dolor ha desaparecido, aquel dolor que no me deja dormir, aquel dolor que me pellizca desde niño. Ha sido rápido y todo fue el rastreo, rastreo de pensamientos, rastreo de vida. Encuentro lo insustancial de mis preocupaciones y las elimino con goces de sabiduría. Mi mente ahora es paralela al sol, infinitamente larga y mi cuerpo no responde. Es el primer momento enseñado, mostrado. La sensación es hermosa y logro estar plenamente en ella alrededor de varios siglos. Mi cuerpo realmente no es uniforme, y mi cabeza se dispara al cielo, paralela al brillo, al brillo infinito. Lo siento, lo soy. Los sonidos son certeros y mi mente adivina en cuestión de milisegundos cada cosa que produce ondas en el ambiente astral. Un don natural en el humano. Siento la paz la paz de vida. 

Así pasó el día, tranquilo y en paz. No mas gritos de inocencia, no mas lugar para el ansiar. 

¿Y si pudiera explicar como el camino de la vida me llevo de ahí a pintar cuerpos desnudos con rostros de dioses? Nunca podré saberlo y tu tampoco. Pintura en paredes de cuartos invadidos por el incienso y mantenidos en una constante marea por un gato. Indudablemente si supiera como las cosas se alinean por si solas sería otro dios más. Cada momento futuro es tan inesperado, tan efusivo. Tengo la certeza que nunca sabré vivo el patrón que manejan las cosas, solo sabiendo que siempre es hacina dentro, hacia lo puro. Agradezco porque eso es suficiente para caminar con mi maleta por todo el mundo.

No se puede describir todo siempre, la vida es infinita en su mismo presente y si nunca te alejas de él no habrá campo para la triste y ansiosa soledad. Porque al fin y al cabo la felicidad y la completa iluminación se alcanzan en tu propia paz. Pero que no me juzgue el camino, porque yo también amo y no puedo despertarme un día sin amar. Cuanto miedo y locura alberga mi corazón a veces. Cuanto falta por aprender.

Si es que esta vida es una locura. Me levantan siempre piedras en mi ventana porque el timbre perdió su batalla contra el tiempo y es la única forma de oír entre tanta música argentina de los años setenta. Y luego buses que te llevan al cielo y te bajan tan rápido como puedan sin dejarte nunca algo claro que pensar, a pesar de que has estado iluminado durante casi cuarenta y cinco minutos. Historias sin raciocinio en las madrugadas y pequeños buddhas escondidos entre la bruma. 

Jackets de cuero y gorros tejidos. Todo eso ahora se acercara un poco más porque la vida siente que necesito mas medicina, justo cuando me empezaba a sentir solo. La rueda del dharma gira enseñando que todo es una sola cosa. El conocer es un estado, no un pensamiento. Y conociendo lo que es un texto, me despido. 

Javier Arce, 15 julio del 2008, 11:45pm

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