We are the salvia people..

14 May

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13 de mayo, 2008

Empieza el espectáculo. Noticias certeras, directas y muy muy densas vienen desde la pantalla brillosa. El día es precioso afuera, los pájaros danzan con los reflejos como si el mundo cupiera en uno solo de sus ojos. Música desde la calle, es hora de irse. Coges tu marihuana, el abrigo y tu fuego. No ocupas dinero, no ocupas tus llaves: te conviertes en lo que antes sospechaste audazmente.

El automóvil, inicia la parte de lo que sería después uno de mis más grandes y preciosos viajes a ese limbo producido por las coloridas estaciones del tiempo. Wolksvagen estilo van, almohadones en lugar de los asientos del medio y cosas fijadas alrededor, muchos colores pintados, muchos alegres colores. Un personaje gracioso le adjudicaba al ambiente el sonido de bajos y agudos que te mueven la cabeza sin parar y sin duda, sin piedad. Era el emblema del automóvil hippie, con la esencia sin duda de los años electrónicos. Era el mejor sistema mecánico para movilizarse que había visto en mi ínfima vida.

Llegada al lugar, parqueamos en medio del camino; piedras para las llantas traseras debido a que el motor tenía que seguir funcionando, o si no la música se apagaría como una llama ligera y suspicaz. “Rodolfo” era el nombre del instrumento mas inusual que se puedan imaginar. El arma secreta de peter pan, el pecado innegable de todos los adictos a la excelencia. Mi cannabis rodaba y rodaba, y mi cabeza bailaba junto al humo, casi tocándolo y, oh tantas sensaciones placenteras, nunca nunca me desharé de ellas, porque si lo hago, perderé mi contacto con el fondo de las estrellas.

Seguía el turno de la salvia divinorum, un pequeño tipo de planta que es capaz de transportarte de lugares, capaz de darte el poder de la tele transportación por unos cuantos minutos, adjudicándote una sensación interminable de una fuerza de gravedad insulsa y poco simpática, que quiere destrozarte contra el suelo.

Inició el primero. Ojos dispersados, risas de recién nacido que experimenta el éxtasis total. Todo tu cuerpo inundado de sensaciones bizarras y poderosas que te absorben cada célula que te sonríe cantando: “ ¡we are the savia people, we are the savia people!” y a ellas se les unió el primero gritándoselo al mundo con una voz que solo podía sangrar libertad. Le siguió el que manejaba la bocha ácida y no pasaron muchos segundos para poder apreciarle unas sonrisas salidas desde lo profundo del corazón, las que realmente saben revolcar tu cuerpo. Ya pasaban dos, quedábamos cuatro en la realidad terrestre. Siguió el que se encargaba de preparar el ritual. Risas de nuevo y movimientos alocados.

Se continuó con el que mezclaba los sonidos penetrantes. Su dosis fue realmente alta. Si el tiempo no engaña, utilizó dos cantidades seguidas, sonriendo y sintiendo por su cuerpo la sensación más poderosa jamás sentida. Ya eran cuatro y el quinto vino con una brisa cegadora, una brisa de nostalgia. Inmediatamente cerró sus ojos, y una sonrisa se pintaba en su cara. Todos estaban lejos, yo necesitaba encontrarme con ellos. El que preparaba el ritual me paso el instrumento, y aspire como si fuera la última bocanada de mi vida, de mi fugaz y ligera vida. No recuerdo ni si quiera cuando boté la cantidad absorbida de humo con sabor a vida, sabor a magia. Risas que estremecen el cuerpo tomaron mi esencia, fui absorbido por un mundo de colores naranjas, transmutados de las paredes de la bocha ácida. Luché contra la gravedad que me aplastaba contra el almohadón y luche contra la sensación de cero sensaciones de miembros. Una y otra vez, mientras mi vista perdía la racionalidad y mi mente dibujaba células diminutas, logré experimentar el tacto de las células de vida, en todo lo que rodeaba mi campo de visión y lo alteraba, de un lado a otro.

Cuando recupere el poder de mi mismo, dispare mi mente a sensaciones circulares y movimientos fluidos, acuáticos. Conté mi experiencia, y escuché la de mis compañeros. Es parte del ritual, justo cuando acabas, contar tu experiencia. Nadie nos lo enseñó, es una obligación del destino. Cannabis reapareció con olores extravagantes desde Rodolfo, que nos sonreía infinitamente cada vez que le quemábamos el culo y le llenábamos de humo.

Llegué al apartamento perdido en el tiempo. Solo recuerdo el movimiento circular de cada músculo de mi cuerpo. Podía lograr cualquier cosa, podía dispararme al espacio en un grito sin sentido.

Mi futuro se dibuja en colores. No le tengo miedo al mañana ni al ayer. Es tiempo de cosecha, cosecha de pensamientos, cosecha de bendiciones. Mi cabeza empieza a aceptar todo lo bueno que rodea la esencia humana, con delicadez e infinito sentimiento. Le doy gracias al viento, por traerme hasta aquí. Le doy gracias al camino, lleno de asfalto y polvo, por acompañar a mis pies durante tantos años y tantos pasos. Porque como dijo el viejo poeta, cansado y excitado por la oscuridad:

“Para mi empieza al final del camino.”

Javier Arce.

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